Primero empecemos por una definición de arquitectura teatral: especialidad de la arquitectura que se dedica tanto al contenedor como al contenido del evento teatral, es decir, asume la conformación del espacio del edificio teatral, sea este perdurable o temporal, y las actividades que allí se suceden.
A su vez el espacio que alberga el evento teatral como tal puede ser una edificación permanente cerrada o al aire libre y también puede ser una conformación que se plasma de manera transitoria en un espacio indeterminado, bien sea un recinto cerrado o un espacio abierto.
Como tal debe tener unas características específicas claramente determinadas: hay un área de recepción del público, un acceso y una manera de llevarlo al adentro hasta convertirlo en espectador, sea éste activo o pasivo. Hay un área para la representación propiamente dicha que puede tener uno o múltiples frentes con respecto al espectador y que funciona además como depósito en todas sus partes: arriba, a los lados, al fondo y debajo, de una infinita gama de artilugios escénicos, hay una área administrativa y una de servicios y todas éstas se interconectan entre sí de diversas maneras, manteniendo independencias e interrelaciones de forma simultanea. El edificio teatral es una máquina en sí mismo, una máquina para fabricar ilusiones a partir de la realidad. Una máquina en donde el presente es el ingrediente fundamental, lo que la hace inevitablemente a prueba de fallos. Una fabrica que alberga multitudes diversas, que hablan idiomas diferentes y que tienen intereses diferentes, una nave que debe permitir cualquier ejercicio de la imaginación, incluso aquel inimaginado o aún no imaginado o, mejor, todo aquel por imaginar. Y cuando es un edificio estable, debe ser perdurable, pero fácilmente modificable, es a la vez un lugar de encuentro, una referencia urbana, una parte del equipamiento cultural de una ciudad, un edificio que pertenece a la comunidad artística del mundo entero.
La arquitectura teatral también se ocupa de lo que allí sucede: hace las escenografías, los diseños de iluminación, los vestuarios y los maquillajes, el sonido, todo lo que se ve y se oye. Y como si esto no fuera bastante, se encarga de organizar los métodos de trabajo y construcción de cada una de las diversas y peculiares aventuras que allí se emprenden para que estas lleguen a su término, feliz o infeliz en los plazos y con los presupuestos previstos. El telón se levanta en una fecha y hora exactas y estas, por regla general, son inmodificables.
Colombia no es ajena a estas reglas. Aquí se vienen construyendo teatros y representando eventos teatrales desde hace tiempos. Con el auge (triunfo) del edificio teatral a la italiana y las maneras de representar obras en esos espacios, aquí se empezaron a construir edificios con tales características como parte de un circuito internacional que servía de casa a las compañías itinerantes. Sucedió en Colombia y en el resto de América. Una sucesión de edificios casi calcados se construyó en el país desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, de ellos algunos existen, unos todavía activos, otros en proceso de reactivarse, otros abandonados y muchos más convertidos en espacios para cualquier otra cosa. Además otros edificios, de otros estilos, muy en boga en la primera mitad del siglo XX, edificios mixtos para cine y teatro bajo la figura del “teatro democrático”, todos los espectadores ven y oyen lo mismo, fueron también construidos. Muchos. El cine acabó matándolos como teatros y reinó durante algunos años hasta que a su vez la televisión lo sucedió. Al igual que los otros edificios algunos existen, otros desaparecen y muchos aún se resisten siendo utilizados como bodegas, talleres y parqueaderos.
En Colombia todos estos edificios tiene en común una característica muy particular, que incluso se presenta en los nuevos teatros, esos que se han construido en los últimos 25 años: todos carecen de espacio en la parte de atrás, en la que alberga las zonas invisibles, la que se utiliza la mayor parte del tiempo y por un ejercito en permanente movimiento de artistas y técnicos. Si alguien de ustedes ha tenido la oportunidad de visitar las tripas de los teatros en otras partes del planeta, habrán visto que esa parte es enorme, dos o tres o cuatro o cinco veces más grande que la zona destinada a la sala, los pasillos, escaleras y escalinatas, las cafeterías, los vestíbulos, almacenes, baños, guardarropas y foyeres destinados al público.
Aquí, además de esa clara y enormísima falencia, las sucesivas administraciones de los edificios teatrales se dedican con descomunales bríos a invertir los magros presupuestos en mantener, remodelar, remozar y adornar esas zonas mientras que la parte trasera se cae a pedazos encima de los fabricantes de fantasías e ilusiones. Los técnicos han desaparecido y con ellos el oficio, un quehacer altamente especializado y apreciado en otros puntos del planeta, los técnicos fueron licenciados para disminuir las cargas prestacionales que agobiaban a los teatros mientras la planta administrativa crecía. Los teatros han dejado de producir para convertirse en casas de alquiler para cualquier cosa: sesiones solemnes, cultos religiosos, reuniones políticas, claro, estas ultimas disfrazadas de otras cosas, porque como hay una ley del congreso que las prohibió en los teatros; desfiles de modas, convenciones empresariales y un largo etcétera que finalmente es dinero fácil, la panacea, el bálsamo del momento, el mejor indicador del éxito.
También esos edificios se remodelan. En algunos, y digo algunos porque eso no pasa en todos, afortunadamente, grandes presupuestos se dedican para su adecuación, se hacen estudios, se hacen proyectos, se desarrollan planos y se construyen, en muchos casos, edificios alrededor de los edificios viejos que no sirven para nada o, bueno, sí, para aumentar los costos de mantenimiento de espacios anexos que se quedan nuevos mientras la máquina vieja sigue tal cual estaba o peor pues las nuevas obras la dañan, dañan su acústica, se llenan sus parrillas de aparatos y mamotretos pesadísimos y estorbosos para arreglar la acústica, instalan equipos de sonido y luces sin mantenimiento, representación ni repuestos en todo el continente americano, pero eso sí, las salas y vestíbulos y cafeterías muy bonitas y hasta inteligentes.
A edificios nuevos, mal armados, se les premia con el máximo galardón que otorga la arquitectura: el Premio Nacional de Arquitectura, lo que en ninguna parte queda claro es que el premio se lo dieron a la magnificencia del volumen y no al cómo funciona y para qué sirve. Claro, los estudiantes de arquitectura se remiten a estos ejemplos que aparecen en libros, revistas y videos especializados y los estudian concienzudamente para resolver sus proyectos académicos en los que a veces sacan cinco y si alguna vez se gradúan y si alguna vez ejercen y si alguna vez tienen la oportunidad de construir un teatro, es muy probable que metan la pata y fabriquen un espacio para remodelar.
Pero no todo es solamente así en la arquitectura teatral del país. Esta es una especialidad muy nueva, más nueva incluso que la ingeniería teatral, aún en nuestras facultades de arquitectura e ingeniería no se asoman, sin embargo ya está apareciendo en las carreras artísticas teatrales como un complemento en la formación de directores, coreógrafos, actores y bailarines, una incipiente escuela de diseño y producción escénica ya ha graduado algunos pichones que se dedican a la escenografía, la luz y la producción. Hay varios teatros remodelados con el rigor necesario, por arquitectos e ingenieros que se rodean de gente, técnicos, directores y colegas profesionales con verdadero conocimiento del evento teatral y cuyas intervenciones producen edificios que funcionan con un grado alto de bondad, precisión y comodidad para técnicos, artistas, administradores y público, hay talleres de escenografía que fabrican escenografías para importantes agrupaciones extranjeras y ya se está creando un mercado de exportación desde Colombia a Suramérica de escenografías y vestuarios.
Los edificios teatrales son edificios necesarios para la expresión y la comunicación humana, que permanecen en el tiempo y que se deben mantener actualizados, se deben adaptar permanentemente a los cambios tecnológicos e incluso liderarlos, permitir que los trabajadores del mundo del espectáculo puedan inventárselos; son edificios vivos que deben poder ampliarse, remodelarse, crecer, modificarse y transformarse.
Son estas características las que los convierten en edificios especiales, patrimonio cultural de la humanidad entera.
Álvaro Tobón Hincapié
Arquitecto
Utopía, 11 de Octubre de 2007
A su vez el espacio que alberga el evento teatral como tal puede ser una edificación permanente cerrada o al aire libre y también puede ser una conformación que se plasma de manera transitoria en un espacio indeterminado, bien sea un recinto cerrado o un espacio abierto.
Como tal debe tener unas características específicas claramente determinadas: hay un área de recepción del público, un acceso y una manera de llevarlo al adentro hasta convertirlo en espectador, sea éste activo o pasivo. Hay un área para la representación propiamente dicha que puede tener uno o múltiples frentes con respecto al espectador y que funciona además como depósito en todas sus partes: arriba, a los lados, al fondo y debajo, de una infinita gama de artilugios escénicos, hay una área administrativa y una de servicios y todas éstas se interconectan entre sí de diversas maneras, manteniendo independencias e interrelaciones de forma simultanea. El edificio teatral es una máquina en sí mismo, una máquina para fabricar ilusiones a partir de la realidad. Una máquina en donde el presente es el ingrediente fundamental, lo que la hace inevitablemente a prueba de fallos. Una fabrica que alberga multitudes diversas, que hablan idiomas diferentes y que tienen intereses diferentes, una nave que debe permitir cualquier ejercicio de la imaginación, incluso aquel inimaginado o aún no imaginado o, mejor, todo aquel por imaginar. Y cuando es un edificio estable, debe ser perdurable, pero fácilmente modificable, es a la vez un lugar de encuentro, una referencia urbana, una parte del equipamiento cultural de una ciudad, un edificio que pertenece a la comunidad artística del mundo entero.
La arquitectura teatral también se ocupa de lo que allí sucede: hace las escenografías, los diseños de iluminación, los vestuarios y los maquillajes, el sonido, todo lo que se ve y se oye. Y como si esto no fuera bastante, se encarga de organizar los métodos de trabajo y construcción de cada una de las diversas y peculiares aventuras que allí se emprenden para que estas lleguen a su término, feliz o infeliz en los plazos y con los presupuestos previstos. El telón se levanta en una fecha y hora exactas y estas, por regla general, son inmodificables.
Colombia no es ajena a estas reglas. Aquí se vienen construyendo teatros y representando eventos teatrales desde hace tiempos. Con el auge (triunfo) del edificio teatral a la italiana y las maneras de representar obras en esos espacios, aquí se empezaron a construir edificios con tales características como parte de un circuito internacional que servía de casa a las compañías itinerantes. Sucedió en Colombia y en el resto de América. Una sucesión de edificios casi calcados se construyó en el país desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, de ellos algunos existen, unos todavía activos, otros en proceso de reactivarse, otros abandonados y muchos más convertidos en espacios para cualquier otra cosa. Además otros edificios, de otros estilos, muy en boga en la primera mitad del siglo XX, edificios mixtos para cine y teatro bajo la figura del “teatro democrático”, todos los espectadores ven y oyen lo mismo, fueron también construidos. Muchos. El cine acabó matándolos como teatros y reinó durante algunos años hasta que a su vez la televisión lo sucedió. Al igual que los otros edificios algunos existen, otros desaparecen y muchos aún se resisten siendo utilizados como bodegas, talleres y parqueaderos.
En Colombia todos estos edificios tiene en común una característica muy particular, que incluso se presenta en los nuevos teatros, esos que se han construido en los últimos 25 años: todos carecen de espacio en la parte de atrás, en la que alberga las zonas invisibles, la que se utiliza la mayor parte del tiempo y por un ejercito en permanente movimiento de artistas y técnicos. Si alguien de ustedes ha tenido la oportunidad de visitar las tripas de los teatros en otras partes del planeta, habrán visto que esa parte es enorme, dos o tres o cuatro o cinco veces más grande que la zona destinada a la sala, los pasillos, escaleras y escalinatas, las cafeterías, los vestíbulos, almacenes, baños, guardarropas y foyeres destinados al público.
Aquí, además de esa clara y enormísima falencia, las sucesivas administraciones de los edificios teatrales se dedican con descomunales bríos a invertir los magros presupuestos en mantener, remodelar, remozar y adornar esas zonas mientras que la parte trasera se cae a pedazos encima de los fabricantes de fantasías e ilusiones. Los técnicos han desaparecido y con ellos el oficio, un quehacer altamente especializado y apreciado en otros puntos del planeta, los técnicos fueron licenciados para disminuir las cargas prestacionales que agobiaban a los teatros mientras la planta administrativa crecía. Los teatros han dejado de producir para convertirse en casas de alquiler para cualquier cosa: sesiones solemnes, cultos religiosos, reuniones políticas, claro, estas ultimas disfrazadas de otras cosas, porque como hay una ley del congreso que las prohibió en los teatros; desfiles de modas, convenciones empresariales y un largo etcétera que finalmente es dinero fácil, la panacea, el bálsamo del momento, el mejor indicador del éxito.
También esos edificios se remodelan. En algunos, y digo algunos porque eso no pasa en todos, afortunadamente, grandes presupuestos se dedican para su adecuación, se hacen estudios, se hacen proyectos, se desarrollan planos y se construyen, en muchos casos, edificios alrededor de los edificios viejos que no sirven para nada o, bueno, sí, para aumentar los costos de mantenimiento de espacios anexos que se quedan nuevos mientras la máquina vieja sigue tal cual estaba o peor pues las nuevas obras la dañan, dañan su acústica, se llenan sus parrillas de aparatos y mamotretos pesadísimos y estorbosos para arreglar la acústica, instalan equipos de sonido y luces sin mantenimiento, representación ni repuestos en todo el continente americano, pero eso sí, las salas y vestíbulos y cafeterías muy bonitas y hasta inteligentes.
A edificios nuevos, mal armados, se les premia con el máximo galardón que otorga la arquitectura: el Premio Nacional de Arquitectura, lo que en ninguna parte queda claro es que el premio se lo dieron a la magnificencia del volumen y no al cómo funciona y para qué sirve. Claro, los estudiantes de arquitectura se remiten a estos ejemplos que aparecen en libros, revistas y videos especializados y los estudian concienzudamente para resolver sus proyectos académicos en los que a veces sacan cinco y si alguna vez se gradúan y si alguna vez ejercen y si alguna vez tienen la oportunidad de construir un teatro, es muy probable que metan la pata y fabriquen un espacio para remodelar.
Pero no todo es solamente así en la arquitectura teatral del país. Esta es una especialidad muy nueva, más nueva incluso que la ingeniería teatral, aún en nuestras facultades de arquitectura e ingeniería no se asoman, sin embargo ya está apareciendo en las carreras artísticas teatrales como un complemento en la formación de directores, coreógrafos, actores y bailarines, una incipiente escuela de diseño y producción escénica ya ha graduado algunos pichones que se dedican a la escenografía, la luz y la producción. Hay varios teatros remodelados con el rigor necesario, por arquitectos e ingenieros que se rodean de gente, técnicos, directores y colegas profesionales con verdadero conocimiento del evento teatral y cuyas intervenciones producen edificios que funcionan con un grado alto de bondad, precisión y comodidad para técnicos, artistas, administradores y público, hay talleres de escenografía que fabrican escenografías para importantes agrupaciones extranjeras y ya se está creando un mercado de exportación desde Colombia a Suramérica de escenografías y vestuarios.
Los edificios teatrales son edificios necesarios para la expresión y la comunicación humana, que permanecen en el tiempo y que se deben mantener actualizados, se deben adaptar permanentemente a los cambios tecnológicos e incluso liderarlos, permitir que los trabajadores del mundo del espectáculo puedan inventárselos; son edificios vivos que deben poder ampliarse, remodelarse, crecer, modificarse y transformarse.
Son estas características las que los convierten en edificios especiales, patrimonio cultural de la humanidad entera.
Álvaro Tobón Hincapié
Arquitecto
Utopía, 11 de Octubre de 2007

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